¡No soy el dueño del mundo!
Hola, soy el pastor Jorge Diaz
La Reflexión de hoy viene del Salmo 131 que nos recuerda que
¡No soy el dueño del mundo!
Salmo 131
1Señor, sé que no soy el dueño del mundo,
ni me imagino como el rey de las montañas;
jamás he dejado que mi corazón
ni mis ojos me conduzcan a buscar grandezas;
ni he dejado que mi mente imagine planes de gran señor.
2Señor, tú bien sabes que he enseñado a mi corazón
a estar en calma, a esperar en silencio.
Me he comportado como un niño en los brazos de su madre.
¡Mi alma es la de un niño feliz y tranquilo!
3¡Esperanza hermano! ¡Esperanza hermana!
¡Esperanza ayer, esperanza hoy, esperanza mañana!
¡Esperemos en el Señor!
Una paráfrasis - Jorge E. Díaz
El filósofo aconsejaba a sus alumnos “conócete a ti mismo”. El apóstol Pablo aconsejaba que “cada uno debe tener un concepto adecuado de sí mismo”. No más alto, no devaluado. Todos nosotros necesitamos de cuando en cuando revisar nuestra humanidad y darle el mantenimiento necesario.
El Salmo 131 es un canto de mantenimiento, corrección y limpieza. Es como tomar las tijeras, acercarse al rosal y cortar las ramas secas y quitar las hojas muertas. Es la manera de acortar la distancia entre las raíces y los resultados que esperamos. Estas ideas son muy evidentes en este Salmo 131.
A veces es necesario podar nuestra actitud de orgullo y arrogancia.
Debemos mantener un concepto adecuado, controlado, de quienes creemos que somos. A veces es necesario podar nuestra actitud de orgullo y arrogancia. El Salmo 131: 1, 2 comienzan esta oración y canto así:
1Señor, sé que no soy el dueño del mundo,
ni me imagino como el rey de las montañas;
jamás he dejado que mi corazón,
ni mis ojos me conduzcan a buscar grandezas;
ni he dejado que mi mente imagine planes de gran señor.
Estas líneas son difíciles de asimilar. Están escritas en palabras sencillas, pero nuestra mente y nuestras emociones se niegan a aceptarlas.
Reconocer que no soy el dueño del mundo.
Reconocer que no soy el rey de las montañas.
Reconocer que no ambiciono las grandezas.
Reconocer que no imagino planes de gran señor.
Vivimos en una cultura que anima y estimula desmedidamente ese sentimiento llamado AMBICIÓN. Ese deseo de tener más fama, más autoridad, más riquezas y más reconocimiento. La Biblia nos cuenta que fue la ambición - el deseo de tener más- lo que condujo a Adán y a Eva a desobedecer al Señor. El profeta Isaías nos sugiere que fue la ambición -ese deseo de tener más- lo que sacó a Lucifer del cielo para enviarlo a las profundidades del infierno.
Además de la ambición vivimos en una cultura de IMPACIENCIA. Cuando deseamos algo, lo queremos inmediatamente. Nos hemos hecho a la idea de que no hay tiempo que perder, no podemos esperar. Cueste lo que cueste, haya que pasar por encima de quien haya que hacerlo... vamos a lograr nuestras ambiciones lo más pronto posible.
Junto con la ambición y la impaciencia, nos hacemos acompañar de la MEDIOCRIDAD. Nuestra posición de “algo es algo” y “peor es nada”. Nos hace trabajar y rendir a medias.
Es impresionante que aún en nuestras relaciones con el Señor pretendemos seguir las mismas reglas de juego:
Ambición - Señor, quiero todo el bien material para mí.
Impaciencia - Señor, dámelo pronto.
Mediocridad - Señor, tú sabes que no puedo darte más.
“El Salmo 131 es uno de los Salmos más breves para leer, pero uno de los más largos para aprender” -cito esta frase de un sermón de Carlos Spurgeon sobre el Salmo 131.
Los que dan seminarios sobre éxito personal nos dicen que debemos sentirnos como campeones, que debemos celebrar la victoria antes de ir a la guerra. Sin embargo, volvemos a casa con el cuerpo molido por el cansancio, con las manos llenas de ampollas y con los pies doloridos y nos preguntamos: ¿Qué pasó, Campeón? Esos mismos consejeros quizá nos respondan - es que cada persona es diferente y no se pueden lograr los mismos resultados en todos. Usted es diferente. Ni modo.
Este Salmo no acepta esas razones. El autor con mucho gozo grita:
3 ¡Esperanza hermano! ¡Esperanza hermana! ¡Esperanza ayer, esperanza hoy, esperanza mañana! ¡Esperemos en el Señor!
Oremos
Gracias, amante Dios, por recordarme que, aunque no soy el dueño del mundo, sí soy una persona que tu formaste y que me amas. Siempre quieres lo mejor de mí. Debo recordar el Salmo 25:5: “Encamíname en tu verdad y enséñame , porque tú eres el Dios de mi Salvación; en ti he esperado todo el día”. En ti pongo mi esperanza. Amén.
Reflexión y Acción
¿Tienes algún sentimiento de grandeza dentro de ti que no te permite disfrutar con gozo lo que ya tienes? Piénsalo y habla con Dios hoy.
Que Dios te bendiga es el deseo de mi corazón y mi oración por ti hoy.
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